AUTOBIOGRAFÍA

La Autobiografía de Juan Calderon (1791-1854) es uno de los textos mas relevantes del belenista, dramático y cervantista manchego, y desde luego fundamental para comprender la crisis ideológica que atormento a tantas conciencias de la ultima ilustración española a principios del XIX. Menéndez Pelayo, tan remiso en los elogios, lo alaba y lo situá entre los tres heterodoxos mas importantes del siglo junto a Blanco White y Usoz, “por meritos filológicos y la docta pureza con que manejo la lengua castellana”.

Juan Calderon, ex monje franciscano convertido al protestantismo, fue uno de los mas encarnizados defensores de la traducción al castellano de las Sagradas Escrituras; entre otras, se le debe la traducción del Nuevo Testamento publicado en Edimburgo en 1858. Consagro a este empeño, a la critica textual del Quijote y ala gramática (recordemos sus trabajos sobre los verbos atributivos, y su Análisis lógica de la lengua castellana) toda su vida ejemplar, subsistiendo como profesor de español en Bayota, Burdeos y Londres, ciudad esta donde alcanzo a enseñar en el King´s College.

Con la edición de su Autobiografía, mas conocida en el extranjero que en España, se da fin a una larga injusticia histórica, que relego al olvido a uno de nuestros mas importantes filólogos por razones que mas pueden deberse al oscurantismo ideológico que a otra razón.

Edición crítica moderna de Don Ángel Romera: AUTOBIOGRAFÍA pdf

Prologo del libro: Juan Calderón Autobiografía. Edición critica de Ángel Romera Valero (1997):

     Es enorme la incuria en que ha caído el estudio de una de las figuras mas interesantes del humanismo decimonónico en España, Juan Calderón. El bicentenario de su nacimiento (diecinueve de abril de 1791) pasó entre sus mismos paisanos casi desapercibido. Entre las causas podemos contar la censura ideológica que padeció, cuyas consecuencias perduraron hasta hoy, el hecho de haber publicado sus obras dispersamente en otros países, el desinterés que despierta el ya lejano XIX, la pobreza y estrechez de miras ( con honrosas excepciones) de la erudición local, la falta de estimulo, protección y financiación para este tipo de estudios y la inexistencia efectiva de publicaciones autóctonas en el terreno de la investigación humanística.
Se pasa por alto con frecuencia que muchas obras fueron olvidadas porque se adelantaron a su tiempo, o precisamente porque su amplitud de miras, su riqueza o su rareza no fueron entendidos en su día, o fueron rechazados por la Inquisición o las diversas formas de censura que le sucedieron. Ello es especialmente cierto en España, donde por razones históricas el pensamiento libre tardo en aparecer. Y este es el caso que nos ocupa, el de un fraile liberal franciscano exclaustrado que colgó los hábitos atraído por las doctrinas de los filósofos materialistas franceses y se convirtió al protestantismo sin perder nada de su moderado escepticismo.
Pero aparte de estas dificultades para sintonizar la cultura española con la europea, no son menores las derivadas de la aridez con que vienen siendo tratadas estas disciplinas por falta de cuidado en la forma. Nunca excluyó la amenidad y el estilo la necesaria precisión, y hoy sobre todo se impone combatir con el estilo la desgana con que nuestros compatriotas afrontan o toleran conocer su pasado, tan desvaído por los modos de quienes lo escribieron o escriben. Es mi esperanza, pues, que este estudio no incurra en esos defectos, comunes, por ejemplo, a historiadores que olvidan que su ciencia es una disciplina humanística, o a filólogos que pierden en las notas no ya la personalidad, cuando el alma, en persecución de un fáustico rigor que realmente encubre y genera poca comprensión y aun menos novedad.
Por fortuna, esta investigación ha tenido que enfrentarse solo con estas diminutas dificultades y antes bien ha contado con apoyos, en especial de los bibliotecarios que tuvieron que aguantarme: Gonzalo, modelo de profesionalizad, que me permitió usar el préstamo internacional en Toledo; Eustaquio, del Seminario de Ciudad Real, que me proporciono un articulo por mi desconocido; el simpático archivero diocesano de Toledo, los tan competentes de Alcazar de San Juan y de Ciudad Real…Quiero aquí recordar que el amable párroco de Villafranca ( de los Caballeros) me dejó consultar y copiar documentos en su iglesia y el industrioso servicio reprografito de la Biblioteca Nacional me facilito la labor, Bettina Zockler y Gabino Fernández Campos me franquearon el acceso a nuevas fuentes documentales y Sally Newton y Ana Ciudad me reportaron útiles informaciones que he utilizado en este trabajo; por ultimo, la doctora Maria José Cuesta solvento con una atinada sugerencia bibliografica unas dudas sobre el hijo pintor de Calderón. Por ultimo, este texto no habría podido editarse de no ser por el empeño y buen hacer de José Fernando Sánchez Ruiz, quien, cuando yo mismo no creía en su publicación, consiguió sacarla adelante. Quede aquí a ellos todos mi agradecimiento expreso, y en especial a mi mujer y a mis alumnos, fuentes de animo cuando los papeles parecían querer ya sepultarme. Gratitud que extiendo a quienes con sus observaciones y correcciones puedan mejora esta obra en el futuro.
EL AMBIENTE FAMILIAR DE JUAN CALDERON:
Juan Antonio Hermógenes Calderón Estadero, hijo del medico Juan Calderón, natural de Arganda, y de Juana Estadero, natural de Alcázar, vino al mundo a las cinco de la tarde del diecinueve de abril de 1791, en Villafranca de los Caballeros y fue bautizado en la iglesia parroquial al día siguiente. Fue su madrina Maria Díaz Alejo, mujer de Felipe Izquierdo. El padre era medico de este pueblo, y ciertamente no le falto trabajo, habida cuenta de su proximidad a lagunas pantanosas (1) que enfermaban de tercianas a sus vecinos, aunque no llegaron a afectarle las dos desastrosas inundaciones del Amarguillo (la de septiembre de 1799 anego mas de setenta casas y rompió el malecón, y la segunda inundo la población toda el catorce del mismo mes en 1801), ya que si bien la Autobiografía de 1855 señala que se mudaron a la cercana Alcázar este mismo año, sabemos por la edición de 1880 que en 1793 el padre fue llamado por los vecinos de Los Yébenes para ocupar allí una plaza de medico, que desempeño hasta 1804 cuando según verificamos por otros documentos, obtuvo el padre la plaza de medico segundo de la villa. El caso es que en octubre de tal año los encontramos instalados en una gran casa de la céntrica calle de Pringue, actual de la independencia, cedida por sus tías paternas Andrea y Vicenta. Allí Don Juan se sostuvo con doscientos cincuenta ducados de vellón anuales de paga, a trueque de visitar a los vecinos mas pobres y atender los hospitales, mientras que el medico primero, José Ignacio Climent, cobraba trescientos y poseía la clientela mas rica. Como este cumplía ya sesenta y cinco años y treinta y cuatro de servicio allí, incluidos los de medico segundo, es de suponer que Calderón podría cobrar las igualas de la parte de enfermos que no pudiera atender por sus achaques, pues ya en 1826 dejo Ciment su cargo a cambio de una pensión del Ayuntamiento, siendo sustituido por Calderón.
Según su hijo, el padre llego a ser medico titular de la villa de Alcázar y permaneció allí mas  de treinta años. Esto coincide con los datos sobre médicos alcazareños que suministra, con característica imprecisión, Rafael Mazuecos, visto que el 26 de septiembre de 1839 presentaron una instancia su sustituto Francisco Antonio Martínez Dumas y el cirujano Juan Pablo Fernández pidiendo que les repartieran los emolumentos de la plaza de medico segundo, “ vacante largo tiempo”, y sin haber solicitantes ni ser probable que los hubiera, a causa de la pobreza del vecindario. Evidentemente, Martines Dumas, que llegaría a ser alcalde y diputado provincial, había sustituido ya a Calderón, retirado o fallecido para esas fechas. Es mas, resulta que Calderón padre se ocupo en 1827 de estudiar las exenciones del servicio militar, que se verificaban entonces con anterioridad al sorteo y se encomendaban al titular, así que por tales años debía de ser ya medico titular. Un documento del Archivo Histórico de Alcázar lo confirma: Climent se “jubilo” el 21 de mayo de 1816, como ya hemos visto, y liquido las deudas que el Ayuntamiento le tenia contraídas ese mismo año. Calderón ascendió entonces al puesto de medico titular primero con cincuenta ducados mas de sueldo anual.
En unos quince años logro reunir cierto capital, pues, fuera de la cesión anterior de la casa en 1804 y de una viña por sus tías Andrea y Vicenta, vendió otra en 1834 por dos mil seiscientos reales de vellón, lo que consta por un recibo del 6 de Octubre de 1837 que nombra a “la viuda de Don Juan Calderón”, aunque en el índice figura como Juana Martín Estadero; Ali que el medico murió con anterioridad, y desde luego después del 7 de enero de 1835, fecha en que este firmo el protocolo para intercambiar su casa con la de un tal Julián Pérez de Francisco. Lo mas probable es que finara a mediados de 1837, pues la viuda, nombrada como tal, mando sacar una copia de la escritura de intercambio el 12 de Septiembre de 1837, y suponemos que solo pudo necesitarla inmediatamente después de que falleciera su marido, para su hijo Juan. La casa de la calle de Pringue, que poseía un magnifico palomar, paso pues a poder de Pérez de Francisco, y los Calderón se aposentaron el una vivienda modesta de la calle de la Virgen, al lado del convento de San Francisco donde había ingresado su hijo, hasta que a los dos años falleció Don Juan, seguramente enfermo de tiempo atrás. No podemos suponer que a la viuda le faltara sustento, pues las condiciones de cambio exigían un pago escalonado de la diferencia a favor de los Calderón desde 1835 hasta el 24 de junio de 1841. Un año después, Juan Calderón hijo pudo volver a España, gracias a las excelentes relaciones hispano inglesas establecidas durante la regencia de su compatriota, el anticlerical general Espartero. Está por elucidar si se llevo a doña Juana a Burdeos, o si no se la llevo o había fallecido ya, que es lo mas aprobable, puesto que no he encontrado los últimos recibos del pago. El caso es que gran parte de los bienes familiares ya estaban liquidados entonces y no reaparece mas el apellido Calderón en la historia de Alcázar.
Por la rama materna, Calderón descendió de una influyente y extensa familia alcazareña, los Estadero, que ya hemos estudiado y de la que tal vez solo interesa destacar la vinculación liberal del que llegaría a ser teniente coronel Pedro José Estadero ( miliciano nacional voluntario durante el Trienio), que era hermano de Juana. Esta debía tener un carácter religioso, sencillo y crédulo, frente a su escéptico marido, si hemos de creer la anécdota sobre el milagro del padre Antonio que refiere Nogaret. Le ilusionaba tener un hijo sacerdote, por lo que preparo a un hermano que Calderón tuvo con ese objeto, mientras que Juan estaba destinado a ser medio; pero la muerte de aquel trastorno esa educación.
A la sombra de su tío paso Juan Caldero hijo la larga Guerra de Independencia, como secretario suyo. Cual recoge la Autobiografía, el cargo le permitía continuar sus estudios cómodamente en plena guerra.
La familia materna se hallaba estrechamente unida a la colectividad: su apellido figura en los libros de acuerdos capitulares de principios del XIX, y en el XVIII uno de sus miembros fue escribano propietario de millones y rentas reales en la Villa. Es de suponer que durante toda su juventud Calderón estuvo mas sometido a la influencia de la extensa familia materna que a la de la paterna, que se encontraba mas lejos, en Arganda.
Pero la vida municipal de Calderón padre no fue menos activa y curiosa por otros conceptos. Se han perdido los Libros de acuerdos capitulares de algunos años, pero por los que quedan sabemos que en trascendental año de 1808 era individuo diputado del común en el Ayuntamiento y lo fue hasta 1810, en que el gobierno josefino impuso un consistorio diferente, encabezado por ya viejo regente, Francisco de Paula Marañon, cuatro regidores, dos diputados, un sindico general y un personero. En vista de la enfermedad del Regente, le sustituyo momentáneamente José Calvillo de Mendoza, que lo era hasta la fecha, y luego, en condición interina, Juan Crisóstomo Castellanos. Los antiguos diputados, Juan Calderón y Antonio Morugan, fueron reemplazados por Benito Ruiz Raboso y Francisco Ramos Novillo, este entonces enfermo. Tomaron posesión y juraron fidelidad a la Constitución de Bayota y a José I el 13 de Marzo de 1810. El comportamiento de Calderón padre en las dos elecciones siguientes fue revelador: en la primera no voto, y en la segundo voto primeramente al enfermo mas invalido de que él, como medico, recordaba. Este, al ser elegido, escribió al consistorio una larga carta para excusar por esa razón, y algunas mas, el desempeño del cargo, y su protesta fue aceptada por el afrancesado prefecto, el abogado vasco afincado en Ciudad Real, Florentino Sarachaga. Sin embargo, casi todos lo otros votados por Calderón fueron elegidos.
Al abandonar las tropas francesas la villa, dirigiéndose a Toledo el 6 de Abril de 1813 por la mañana, el consistorio electo, a instancias del gobierno intruso, determina cesar en consecuencia para que sean restituidos los constitucionales; llama a la administración antigua de 1810 para preguntarle su opinión por la tarde, y los pocos que acudieron, entre los que estaba Calderón padre, que vivía a apenas, cien metros, resolvieron conceder permiso para que continuasen el ayuntamiento interinamente. Empero, el 27 de abril Calderón figura entre los componentes de un llamado “Ayuntamiento Constitucional” de la villa y firma en una serie de documentos de fines de 1813 en que se realizan los tramites para devolver los conventos a los frailes exclaustrados en tiempos de Jose I. Una lista de monjes del Convento franciscano, hecha en Septiembre de 1813 con ese motivo, no recoge el nombre de su hijo, no tanto porque estuviera recluido en Francia tras la conquista de Valencia por el Mariscal Suchet cuanto porque en este tipo de listas solo se consignaban los monjes profesos.
Pero en Marzo de 1814 la firma del padre ya no aparece en los libros de acuerdos, precisamente entonces se celebra la entrada de Frenando VII por Cataluña con rogativas, fiestas y redobles de campanas, y se len dos discursos panegíricos, uno del reverendo padre trinitario Frey Antonio Peralte y otro del Lector en Sagrada Teología del convento de San Francisco, Fray Pedro Blanes, respectivamente en lasa parroquias de Santa Maria, primera en antigüedad e identificad con las corrientes mas reaccionarias, y en Santa Quiteria, de construcción mas moderna y de algún modo cercana a las ideas ilustradas. Recordemos que cuando se celebro la proclamación de Fernando VII en ésta “por ser mas espaciosa” el párroco de Santa Maria protesto porque todos los actos públicos de importancia se habían celebrado siempre en la mas antigua. La efímera Sociedad Económica de Amigos del País (1786-1790) se encontraba vinculada en ciertos aspectos a Santa Quiteria, y esta era desde luego las pobre en rentas y la mas cercana al conventote San Francisco. No hay que olvidas, tampoco, los significativos incidentes habidos durante los primeros compases del Trienio Liberal, de que hablamos mas abajo, en los que se zahirió a los Trinitarios, pero no a los franciscanos.
Sin embargo, todavía requeririan al doctor Calderon para labores municipales. La famosa Real Cedula del 30 de Julio habia resuelto que se extinguiesen y disolvieran “los ayuntamientos que se llamasen constitucionales” y se restableciesen los existentes en 1808. Al recibirse la noticia el cuatro de Agosto de 1814, el destituido Calderon vuelve paradójicamente al consistorio cual diputado del comun. Como los supuestos anticonstitucionles no entienden nada, piden explicaciones al Rey a traves del Secretario de Gracia y Justicia ( el siniestro Francisco Tadeo Calomarde) el 5 de Agosto; entre las firmas va la de Climent. Calderon, por el contrario, pide apoyo a la cedula junto al escribno Cuerba el mismo dia. En fin, la diligencia de toma de posesion se demora hasta el 22 de Agosto de 1814 por la tarde, y Calderon ejerce como diputado del comun hasta 1816, en que su nombre ya no figura entre los firmantes del consitorio municipal, con toda seguridad por carecer de tiempo, ya que ese mismo año asumio la entera sanidad de la Villa al sustituir a Climent como medico primero tras la renuncia de aquel por achaques y vejez y quedar vacante la plaza de medico segundo. Los avatares e intrigas para cubrirla no tienen desperdicio, aunque al fin es concedida al madrileño Jose Torres el 12 de Septiembre de 1816, al que por datos podemos clasificar como liberal exaltado.
De todo esto deducimo que Calderon padre era, en tiempos de Godoy, un burgues medianamente adinerado, “perteneciente a una familia en la nunca falto de nada”- diria Calderon hijo-, diputado del comun y muy amante de las tareas municipales reticente al principio y tibio al cabo frente a los afrancesados, aunque siempre se guio, inteligentemente, por una moderacion que con dificultad puede llamarse oportunismo. La reaccion absolutista encabezada por el Manifiesto de los persas estuvo a punto de pillarle descolocado, pero logro salir airoso de la misma.

*(1).- Muchas enfermedades de esta localidad las compartían los vecinos de Alcázar que atendería mas tarde. Así, en la información a Tomas López, dice el anónimo escritor, probablemente un párroco de la villa:”..se padecen comúnmente tercianas de todas clases y, de muy mala especie, las que se contraen en los molinos de pólvora; calenturas malignas, en que predomina un principio inflamatorio, por cuyo motivo en la epidemia de 1781 causo buenos efectos la sangría, los epispásticos y la quina; probaron también que, aunque murieron algunos, no fue a correspondencia ni de los enfermos ni de la pobreza: en esta fue donde con mas viveza insinuó su tiranía, empezándose a levantar una especie de peste. También se padecen dolores artríticos, reumáticos, iliacos, pasiones heliacas, diarreas humorales y dolores nefríticos; de estos se padecen con mucha frecuencia y terminan con la expulsión de piedras de disforme magnitud, dignas de toda la atención por su figura, peso y mole; igualmente padecen hemoptisis, que por su grados viene a para tisis, y estos no ceden ni aun a los mas decantados remedios”. Carlos López Bonilla. Una descripción de Alcázar de San Juan en el siglo CVIII.)*.

©1997 Ángel Romera Valero

Angel Romera Valero, autor de este libro mencionado (Ubeda 1962), es profesor de literatura española en el IES “Clavero Fernandez de Cordoba” de Almagro (Ciudad Real), escritor, poeta, ensayista, conferenciante.

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